miércoles, 18 de septiembre de 2019

Lo tienes todo, muchacho


Una de las normas incluidas en el decálogo de la empresa anunciaba:
«El contacto físico está totalmente prohibido en las instalaciones de D&P»
La empresa se había visto obligada a llegar a ese punto después de una sucesión de encuentros fortuitos en los cuartos de baño y en la pequeña terraza detrás de la puerta de la salida de emergencia.
Al jefe del departamento de contabilidad todos esos jueguecitos le traían sin cuidado. Peter Selmy no había llegado donde estaba seduciendo a las secretarias en sus propias mesas de trabajo. Él prefería esperar a la salida, invitarlas a cenar y después que pasara lo que tenía que pasar.
Todavía faltaban unos años para que el tabaco dejara de anunciarse por televisión y el sueño americano empezara a mostrar sus sombras. Sin embargo, hoy todo eso no importa. Quien más quien menos está subido en el dólar y nadie, por muy tonto que sea, desaprovecha una oportunidad. Peter Selmy las aprovechó todas.
En 1956 hizo un curso de mecanografía por correspondencia y cuando lo terminó entró a trabajar como ayudante de contabilidad en una empresa de publicidad. Por supuesto que había tenido que dejar algún que otro cadáver por el camino, decir un par de mentiras sin importancia y, sobre todo, hacer creer a los demás que era imprescindible en la empresa.
Salía del trabajo a las cinco, pero una noche de cada cuatro no dormía en casa.

jueves, 18 de julio de 2019

Salvación

El paseo era todos los días el mismo. A las siete en punto de la mañana, Esmeralda abría la puerta principal, empujando un poco la reja ya oxidada, saludaba con un gesto de la cabeza a los tres gatos que vivían allí, y comenzaba su jornada.
Ese día, si nada fallaba, estaría sola todo el día. Empezó por el primer pasillo, hacia la izquierda, y con una enorme bolsa de basura recién abierta, empezó a retirar los ramos de flores ya marchitos. Apenas habían pasado dos semanas desde el Día de Todos los Santos, pero cada vez hacía más calor, y, si hacía caso a los informativos, el fin estaba cerca. 

jueves, 4 de julio de 2019

Microrelatos #OrigiReto2019 Parte II

¡Hola! En esta entrada iré recopilando todos los microrelatos del #OrigiReto2019 de Julio hasta Diciembre. La primera parte de los microrelatos la podéis ver aquí
Si queréis más información sobre este reto, pinchad aquí  o aquí 

7) Julio:
 Este relato cumple con el objetivo número 2 del reto (zombies) y enlaza con este relato de Chery 

8) Septiembre:
 Este relato cumple con el objetivo número 23 (mujer embarazada como protagonista) y enlaza con este relato de Katty.

lunes, 24 de junio de 2019

Un jardinero en la nieve

El verdor de las plantas siempre tranquilizaba a Ulrich. Tampoco es que un chico de veinte años tuviese muchos problemas, pero siempre viene bien desconectar, y si es a través de tu trabajo, mejor.
Ulrich era jardinero en la enorme casa victoriana de los Straub, en Limerick, Irlanda. Se puede decir que llegó a jardinero porque era su pasión, porque desde niño siempre había cuidado y mimado las plantas, pero la realidad fue otra. A Ulrich no le gustaba estudiar y sus problemas pulmonares le impidieron entrar a trabajar en la fábrica de carbón de la ciudad, tal y como querían sus padres. Dio la casualidad de que el jardinero de los Straub se jubiló y los señores necesitaban a alguien que cuidase sus plantas. Tampoco es que los señores vivieran en Limerick todo el año, de hecho, no visitaban jamás la casa. Pero querían que su jardín estuviese siempre impoluto.
Así que, poco a poco, Ulrich fue aprendiendo a podar, a notar la humedad (o la falta de ella) en la tierra para poder plantar ese parterre de flores o no, a no cortar del todo el tronco y dejar una pequeña yema para que al año siguiente la planta surgiera con más fuerza.
Su jornada laboral terminaba a las ocho de la tarde pero Ulrich casi siempre se quedaba en la casa a dormir, sobre todo en invierno, ya que sus padres vivían a más de cinco kilómetros de allí y no tenía coche.

lunes, 13 de mayo de 2019

¡Apaga la cámara!


«Esto no hay quién se lo crea»
Cierro el libro y lo dejo encima de la cama, ya lo guardaré después. Es algo común en las personas de mi generación, somos totalmente incapaces de mantener la atención más de quince minutos seguidos. Además, ¿quién se va a creer que una persona escribió un libro de más de trescientas páginas sin ordenador?
Necesito un calmante. No voy a dormirme, ya son las ocho de la mañana, pero quiero relajarme un poco. Cojo un comprimido de Novril y lo trago sin agua. Me tumbo en la cama y pienso en la relación del señor Darcy y Elisabeth. Son los del libro, ¿verdad? Sí. Qué bonito sería encontrar a alguien que te quiera y que se enfrente a su familia por ti. Y que ese amor sólo se pueda compartir entre dos personas.
Y no entre miles, como es mi caso.
Mandy fue el nombre elegido por el 72 por ciento de los usuarios de la cuenta de Twitter de mis padres antes de mi nacimiento. A partir de ahí ya crearon una cuenta en cada red social con ese nombre.
Me estoy empezando a poner nerviosa, así que pienso en las palabras de mi coach: «Nunca el mundo ha sido tan brillante y con tantos colores como ahora. Todo el mundo que ves por la calle es feliz, no sabes la suerte que tienes de haber nacido en esta época. La tristeza no existe. Ojalá yo tuviera tu edad ahora»

martes, 16 de abril de 2019

El palomar


23 de Agosto de 1910. Provincia de Cuenca.

         — ¡Deja de tirarme piedras! —gritó la niña. Su perro, caminando a su lado, empezó a ladrar.
         —Es que me gustas mucho, Catalina —El niño se guardó las piedras que le quedaban en el bolsillo del pantalón polvoriento—.  ¿Dónde vas?
         —Al palomar —contestó. Al decir esto, el niño, Manuel, se paró en seco. Dos días antes habían asesinado a un hombre en el palomar—.  Sólo a dar una vuelta, ¿te vienes o no?

Como para negarse. Manuel era de Tresjuncos, y Catalina, de Osa de la Vega, dos pueblos vecinos pero enemistados desde hacía muchos años. Se conocieron ese mismo verano en la laguna y se hicieron amigos enseguida. Si los padres de alguno de ellos se enteraban de que veían a alguien del pueblo vecino, les azotarían.
Y más en aquellos días, en el que dos hombres de Tresjuncos, León y Gregorio, habían matado a José María, el Cepa, en el palomar al que ahora se dirigían los niños. La tierra pedregosa les quemaba las plantas de los pies, pero ya estaban acostumbrados. 

Catalina se metió al palomar, al que ya se le estaba cayendo la cal, y una paloma salió de allí dejando una pluma en el suelo. La niña la cogió y señaló el suelo, sonriendo.
         — Mira —señaló.
         —Es una caca de perro —dijo Manuel, extrañado—.  ¿Qué pasa con eso?
         —Es de mi perro, de hace tres días —contestó la niña, orgullosa—.  Si hubieran matado al Cepa aquí, la caca estaría espachurrada, ¿no?
         — Al mover al muerto, sí, claro. No quiero estar aquí, Catalina, vámonos.

martes, 2 de abril de 2019

"Psicosis", de Alfred Hitchcock

«Me quedaré aquí sentada y callada... por si acaso sospechan de mí. Seguramente, me estarán observando. Que me observen. Que vean la clase de persona que soy. Ni mataré a esa mosca. Espero que estén mirando. Lo verán. Lo verán y lo sabrán. Y dirán.. "Vaya, pero si es incapaz de hacer daño a una mosca"»
Así termina "Psicosis" (1960), una película que vi la semana pasada y con trampa. Trampa porque ya conocía la historia después de haber visto las cinco temporadas de "Bates Motel" y porque hay escenas que están en el imaginario de todo el mundo aún sin haber visto la película.
Está basada en la novela "Psicosis" de 1959, inspirada a su vez por los crímenes de Ed Gein, en Wisconsin.
"Psicosis" empieza con un romance entre Marion (Janet Leigh) y Sam (John Gavin), un hombre divorciado que no quiere volver a casarse. Desolada una vez más, Marion vuelve a su trabajo en una inmobiliaria. Debido a la venta de una casa en efectivo, ella se encuentra de golpe con 40.000 dólares en el bolsillo, que debe ingresarlos en el banco.
Marion al principio no quiere quedarse el dinero, pero la tentación es demasiado grande y finalmente huye al día siguiente. Cambia su coche por otro al notar que un policía le sigue la pista. Ella sigue conduciendo y una tormenta la obliga a parar. Se desvía de la autopista y lo único que ve es el motel Bates.